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viernes, 22 de marzo de 2024

El profesor sabio y la doctora "engenerada".

Captura de pantalla.

 

Asistí a la charla-conferencia de este doctor en bellas artes, Óscar Martínez , en la Biblioteca Regional de Murcia y quedé muy agradecido por la cantidad de cosas que aprendí y por el rato tan agradable que pasé gracias a la labia y cercanía de este dicharachero profesor.

Lo peor de lo peor de lo peor fue la presentación del acto, que corrió a cargo de una llamativa señora, tan decorada ella como humilde y pretenciosa. Me senté en primera fila, que para eso me personé con tiempo suficiente, y cuando vi a una criatura pululando con su apabullante y descolocado disfraz pensé que era una carnavalera despistada, pero no, no, era la presentadora. Iba ataviada con un vestido vaporoso de color rosa, con una capa-cola que arrastraba y una especie de capucha. Al pronto se me figuró la princesa Romy de La vuelta al mundo de Willy Fog.

Ese fue el primer impacto. El segundo fue cuando abrió la boca y soltó a bocajarro, salpicándonos: doy la bienvenida a todas, todos y todes. Esas palabras me llegaron tan hondo que se me removieron el bazo, la vesícula y el páncreas. La secreción de bilis me llegó a continuación, cuando se presentó como doctora en estudios de género.

Doy gracias al cielo, a los dioses y a mi buena suerte porque el prólogo fue corto (lo mismo la doctora no daba más de sí) y tuvo el acierto de no sentarse en la mesa, junto al ponente. El susodicho estuvo casi todo el tiempo de pie, moviéndose y pasando las diapositivas. Seguramente, con muy buen juicio, se dijo: si me siento, la doctora se me sube al estrado y se me coloca al lado y de seguro que me quita la palabra.

¡Por supuestísimo que no faltó entre el público un grupillo de sabiondas urracas que, cada vez que aparecía un cuadro en la pantalla, decían, para informarnos a los pobres ignorantes, el nombre, adelantándose al ponente, faltaría más! Si el profesor nombraba algún museo, las cotorras soltaban un ah, sí, para demostrarnos que eran muy viajadas y muy sabidas.

La charla fue de lo más edificante, amena y entretenida, pese a tanta petarda suelta.

¡Por supuestísimo que tanto mi hijo el mayor como yo, en cuanto hubo terminado la charla y la doctora se precipitó como una gallina hambrienta al estrado, abandonamos el salón! Quiero creer que la doctora se dio cuenta...

jueves, 21 de marzo de 2024

Morricone y las cacatúas.


 

Mis queridos churumbeles me agasajaron por el día del padre con este musical regalo y pude disfrutar de una velada casi perfecta.
Y no lo fue por dos motivos. El primero de ellos por la ausencia de una persona muy entrañable para mí y el segundo lo detallaré más abajo.
Como no soy melómano (no seré tan ufanamente osado) no sabría decir si la interpretación fue académicamente perfecta, sublime, pasable o regular, pero lo que sí declaro es que me hizo vibrar y emocionar. El público aplaudió en cada una de las piezas y la ovación final fue tan sonora y larga que el director salió hasta en tres ocasiones a dar las gracias y a felicitar a los músicos. 
Me llamó la atención que el director dirigía dando saltos como si estuviera brincando sobre una lona elástica. Cayó simpático al público. Cuando pronunció unas palabras de agradecimiento, iba tan rápido como las balas de  Por un puñado de dólares.

A mi izquierda se sentaron dos señoras, más bien dos cacatúas insolentes, desvergonzadas y escasamente empoderadas, que se dedicaron a cuchichear para demostrar su sapiencia  (ésta es La misión, ésta es Cinema Paradiso, y en ese plan). No contentas con este alarde de sabiondez, tuvieron la desvergüenza de ponerse a tararear las músicas. ¡Hasta en tres ocasiones tuve que chistarles! ¡Ganas me dieron de preguntarles ¿cuál de ustedes  es la fea y la mala, porque buena, no lo es ninguna, desde luego?!