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| Fotografía de Diego Morales |
Sí, todavía queda gente honrada. Y da mucho gusto comprobarlo.
Ayer viernes fui a comprar una bombona de butano. Sí, también soy de los que aún tienen que ir a comprar cada quince días el gas. De ese grupo al que siempre se le acaba la botella cuando estás a medio ducharte y no hay nadie en la casa. Antes pasaba el butanero y nada más que por el ruido ensordecedor del vaivén de bombonas, adivinabas a qué distancia estaba y salías a toda mecha para que no pasara de largo el camión.
Baja a la cochera, carga la bombona en el maletero, desplázate a la gasolinera, paga, la chica te entrega una, cochera, descarga, casa.
Un rato después necesitaba la cartera (la de los exámenes no; la de los billetes) y poco a poco el pánico se fue apoderando de mí conforme vaciaba mi macuto e inspeccionaba toda la casa. Bajé dos veces a la cochera a mirar dentro del coche. Nada.
El pánico se convirtió en horror.
Llamada al banco para que anularan la tarjeta de crédito. Desasosiego de pensar en todas los documentos que tendría que renovar (DNI, permiso de conducir...)
Se me ocurrió volver a la gasolinera, por si acaso...
¡Y la chica de la caja la tenía custodiada para cuando apareciera el dueño! Habían mirado dentro por si había un teléfono, pero no faltaba nada. Otro empleado la había encontrado en el suelo.
Me dio tanta alegría y estaba tan agradecido, que les dejé una propina de 10 euros. Poco para el inmenso favor que me habían hecho.
¡Queda gente honrada, vaya que sí!
Nota bene: ahora mismo cuesta la bombona 12,68€.








